
Descripción del Incidente
Este texto de César Vidal es más complejo que otros porque combina tres niveles muy distintos: críticas legítimas a la política de Israel y a AIPAC; una interpretación teológica cristiana del judaísmo que, aunque pueda resultar ofensiva para judíos, no constituye automáticamente antisemitismo; y, finalmente, una teoría histórica sobre Samuel Untermyer y la Biblia Scofield que sí entra claramente en un terreno conspirativo compatible con ejemplos de IHRA.
Vidal sostiene que “el 100% de los senadores han recibido dinero del AIPAC” y que Lindsey Graham “ha recibido millones”. La influencia electoral de AIPAC es real, considerable y perfectamente legítima como objeto de investigación y crítica. Pero la afirmación de que literalmente los 100 senadores han recibido dinero de AIPAC no está sólidamente demostrada. Los recuentos varían enormemente según se contabilicen aportes directos del PAC, donaciones canalizadas, gastos independientes o el universo más amplio de grupos proisraelíes. Las verificaciones disponibles consideran controvertida la afirmación de “los 100”.
Además, AIPAC no es simplemente una “potencia extranjera”. Es una organización estadounidense de lobby favorable a Israel. Puede discutirse si ejerce demasiada influencia o incluso si debería estar sometida a otras obligaciones regulatorias, pero decir que la política estadounidense está “determinada por una potencia extranjera que es Israel” requiere demostrar que Israel dirige efectivamente las decisiones de AIPAC y que éste determina —no simplemente influye— la política estadounidense. El texto no demuestra esa cadena.
Aquí IHRA exige precisión. Criticar el poder de AIPAC no es antisemita. Incluso Mearsheimer y Walt han argumentado académicamente que el lobby proisraelí ejerce una influencia extraordinaria sobre la política exterior estadounidense. Pero ellos lo describen como una coalición formada tanto por judíos como por no judíos y discuten su influencia política; eso no equivale automáticamente al viejo mito de que “los judíos controlan Estados Unidos”.
Vidal cita, además, incorrectamente esa obra. Habla de “The Jewish Lobby” y dice que “se escribió creo que en los 90”. En realidad Mearsheimer y Walt publicaron el trabajo The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy en 2006 y el libro en 2007.
También exagera al presentar el dinero de AIPAC como demostración de que la política exterior estadounidense está controlada por Israel. Financiamiento electoral e influencia política pueden demostrar poder de lobby; no demuestran automáticamente subordinación o control extranjero.
Sobre Netanyahu y las redes sociales, Vidal tiene una base factual importante.
Netanyahu efectivamente reunió en Nueva York a influencers estadounidenses proisraelíes y habló de las redes sociales como un campo de batalla fundamental. También calificó la operación sobre TikTok como una adquisición que podía ser “consecuential” y dijo respecto de X que había que hablar con Elon Musk porque “es un amigo”.
Por tanto, Vidal no inventa la preocupación de Netanyahu por TikTok, X y la batalla de opinión pública.
Sin embargo, transforma eso en “van a controlar TikTok” y cuestiona que “lo controle Israel”. Netanyahu expresó claramente interés en que el cambio de propiedad de TikTok favoreciera la posición israelí en las redes, pero eso no demuestra que el Estado de Israel sea propietario o controlador jurídico de TikTok.
El bloque teológico requiere todavía más cautela desde IHRA.
Vidal sostiene que los judíos que no reconocen a Jesús han sido “cortados” del verdadero Israel y que los cristianos gentiles han sido incorporados espiritualmente al Israel de Dios. Es una interpretación cristiana supersesionista o cercana a ella, apoyada por Vidal en Romanos, Gálatas, Hechos e Isaías.
Esto no debe etiquetarse automáticamente como antisemitismo.
IHRA no establece qué interpretación de Romanos 11 es teológicamente correcta. Un cristiano puede creer que la Iglesia constituye el cumplimiento del Israel bíblico, que Jesús es el Mesías y que la salvación depende de Cristo. Puede ser una teología rechazada por el judaísmo y discutida incluso entre cristianos, pero IHRA no es un tribunal de exégesis bíblica.
Vidal incluso reconoce explícitamente que esas personas pueden seguir siendo “racialmente, nacionalmente [...] judías”. Por tanto, aquí no está afirmando exactamente que los judíos contemporáneos sean falsos judíos como sí hemos visto en otros materiales.
Otra cosa sería utilizar esa teología para negar únicamente a los judíos derechos políticos contemporáneos reconocidos a cualquier otro pueblo. Ahí podría entrar el ejemplo IHRA relativo a la autodeterminación. En este fragmento esa conexión no queda suficientemente demostrada.
El punto históricamente más problemático aparece cuando explica el origen del dispensacionalismo.
Vidal afirma que:
“el dispensacionalismo es una creación en el periodo del barroco, los siglos 16 y 17, de dos jesuitas hispanos [...] Lacunza y Rivera”.
Eso es históricamente incorrecto.
Francisco Ribera vivió entre 1537 y 1591. Manuel Lacunza nació en 1731 y murió en 1801. No pertenecieron al mismo período y mucho menos puede describirse sencillamente a ambos como los creadores del dispensacionalismo de los siglos XVI-XVII. Ribera desarrolló una interpretación futurista del Apocalipsis; Lacunza desarrolló posteriormente otras ideas milenaristas. El dispensacionalismo moderno está fundamentalmente asociado al siglo XIX y especialmente a John Nelson Darby. La Biblia Scofield, publicada originalmente en 1909, contribuyó decisivamente a popularizarlo en Estados Unidos.
También presenta como bastante segura la tesis de que Margaret MacDonald fue la primera persona en concebir una segunda venida en dos etapas y que de ella procede posteriormente Darby. Esa genealogía es discutida historiográficamente. Hay investigadores que sostienen que la influencia MacDonald-Irving-Darby no está demostrada y que Darby desarrolló sus posiciones mediante procesos teológicos propios.
Pero el pasaje más grave de todo el texto es Samuel Untermyer.
Vidal afirma:
“la mano que mece la cuna de la Biblia de Scofield es la de un judío sionista, millonario y luciferino [...] Samuel Untermeyer”.
Y continúa:
“Untermeyer [...] concibe un plan [...] si queremos llevar a EEUU hacia apoyar el sionismo tenemos que convencer a los evangélicos [...] y la Biblia de Scofield no es nada más que el vehículo para arrastrar al pueblo evangélico americano en esa dirección”.
Aquí tenemos una teoría conspirativa completa: un judío rico, sionista y supuestamente “luciferino” habría intervenido clandestinamente en la creación o promoción de una Biblia cristiana para manipular a millones de evangélicos y, mediante ellos, modificar la política estadounidense en beneficio del sionismo.
El problema es que no existe evidencia histórica sólida para esa historia.
Las investigaciones sobre el origen de esta acusación encuentran que la conexión Scofield-Untermyer aparece tardíamente, basada esencialmente en que ambos pertenecieron al Lotos Club de Nueva York. No se han encontrado cartas, contratos, registros financieros o testimonios contemporáneos que demuestren que Untermyer dirigió, financió o utilizó a Scofield para introducir el sionismo en el evangelicalismo.
Hay además un problema cronológico considerable: Scofield llevaba décadas desarrollando sus posiciones dispensacionalistas antes de que Untermyer alcanzara protagonismo destacado dentro del movimiento sionista. La Scofield Reference Bible apareció en 1909; Scofield murió en 1921, justamente cuando la actividad sionista institucional más prominente de Untermyer comenzaba a desarrollarse.
Una revisión reciente sobre esta misma controversia señala que los financiadores y colaboradores evangélicos de Scofield sí están documentados, mientras que la supuesta relación con Untermyer carece de documentación contemporánea.
Por eso, la afirmación “la mano que mece la cuna” no es historia demostrada: es una hipótesis conspirativa presentada como hecho.
Y añadir “luciferino” agrava la construcción. Vidal no se limita a decir: “Untermyer era sionista y pudo haber tenido influencia”. Lo convierte en un judío-sionista-millonario-luciferino que habría diseñado un plan encubierto para manipular el cristianismo estadounidense.
Aquí IHRA resulta directamente pertinente. La definición incluye entre sus ejemplos las acusaciones estereotipadas sobre el poder de los judíos como colectivo, especialmente mitos sobre conspiraciones judías o control de gobiernos, medios, economía y otras instituciones.
No toda teoría sobre un judío poderoso es antisemita. Si existieran documentos demostrando que Untermyer financió a Scofield para lograr ese objetivo, habría que contar la historia aunque resultara incómoda. El problema es precisamente que Vidal presenta como certeza una trama clandestina de un “judío sionista, millonario y luciferino” para manipular a los cristianos sin aportar las pruebas necesarias.
Hay otro detalle revelador: posteriormente utiliza Tel Aviv como argumento teológico contra el Israel moderno:
“la capital gay del Mediterráneo es Tel Aviv”.
Eso no es un punto IHRA. Es un argumento moral-religioso —y claramente peyorativo hacia la homosexualidad— destinado a demostrar que Israel incumple el pacto divino. Puede criticarse por otras razones, pero no lo utilizaría como evidencia de antisemitismo.
También sostiene que “prácticamente la mitad” de los muertos en Gaza son niños. Los últimos datos desglosados publicados por OCHA, basados en fallecidos identificados por el Ministerio de Salud de Gaza hasta finales de 2025, registraban 21.283 niños entre 71.444 fallecidos identificados: aproximadamente 29,8%, no “prácticamente la mitad”. La proporción es extraordinariamente grave, pero no hace falta inflarla.
Las principales falsedades o distorsiones del texto son:
“El 100% de los senadores recibió dinero de AIPAC”: afirmación controvertida/no demostrada en esos términos.
Mearsheimer escribió “The Jewish Lobby” en los años noventa: falso; Mearsheimer y Walt publicaron The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy en 2006-2007.
AIPAC es simplemente un lobby “extranjero”: jurídicamente no está establecido así; es una organización estadounidense proisraelí.
Israel va a “controlar TikTok”: Netanyahu sí manifestó gran interés estratégico en el cambio de propiedad, pero control israelí directo no está demostrado.
Dispensacionalismo creado por Ribera y Lacunza en los siglos XVI-XVII: históricamente falso.
Lacunza pertenece a los siglos XVI-XVII: falso; vivió entre los siglos XVIII-XIX.
Margaret MacDonald constituye el origen demostrado del rapto pretribulacional de Darby: tesis discutida, presentada con demasiada certeza.
Samuel Untermyer dirigió o financió la creación de la Biblia Scofield para manipular políticamente a los evangélicos: no demostrado.
Untermyer concibió un plan para convertir mediante Scofield a Estados Unidos al sionismo: teoría conspirativa sin documentación.
La mitad de los muertos de Gaza son niños: los últimos desgloses disponibles se sitúan alrededor del 30% de los identificados, no 50%.
Resumen IHRA:
La crítica a AIPAC no constituye por sí misma antisemitismo.
Cuestionar la ayuda estadounidense a Israel tampoco.
Rechazar el dispensacionalismo tampoco.
Defender una teología cristiana según la cual el verdadero Israel espiritual está formado por creyentes en Cristo no constituye automáticamente una violación IHRA.
Sí resulta relevante presentar a un “judío sionista, millonario y luciferino” como cerebro secreto de una operación destinada a manipular el cristianismo estadounidense.
Esa teoría reproduce elementos clásicos de poder judío: dinero, influencia oculta, manipulación religiosa y finalidad política.
También es potencialmente relevante presentar la política estadounidense como “determinada” por Israel a través del lobby, cuando influencia y control son conceptos diferentes.
Puede aparecer doble estándar si la influencia de AIPAC se presenta como subordinación extranjera mientras otros grandes grupos de presión son tratados simplemente como actores domésticos; esto requeriría comparación.
No aparece aquí culpabilidad colectiva explícita de todos los judíos.
No aparece negacionismo de la Shoá.
No aparece comparación Israel-nazismo.
Para un dossier IHRA, yo centraría este material en la historia Untermyer-Scofield. Es muchísimo más fuerte que discutir si la teología de Vidal sobre Romanos es antisemita.
El esquema que presenta es prácticamente de manual: un judío multimillonario y sionista, además caracterizado como “luciferino”, opera detrás de escena; manipula una Biblia cristiana; mediante ella modifica la teología de millones de evangélicos; esos evangélicos posteriormente condicionan la política estadounidense; y el resultado final es apoyo político a Israel.
Si existieran documentos, sería historia. Sin ellos, y existiendo una genealogía conocida de la acusación basada en asociaciones y especulación, estamos ante una narrativa conspirativa que reproduce varios de los elementos clásicos que IHRA identifica respecto del supuesto poder judío sobre instituciones y gobiernos.
Vidal sostiene que “el 100% de los senadores han recibido dinero del AIPAC” y que Lindsey Graham “ha recibido millones”. La influencia electoral de AIPAC es real, considerable y perfectamente legítima como objeto de investigación y crítica. Pero la afirmación de que literalmente los 100 senadores han recibido dinero de AIPAC no está sólidamente demostrada. Los recuentos varían enormemente según se contabilicen aportes directos del PAC, donaciones canalizadas, gastos independientes o el universo más amplio de grupos proisraelíes. Las verificaciones disponibles consideran controvertida la afirmación de “los 100”.
Además, AIPAC no es simplemente una “potencia extranjera”. Es una organización estadounidense de lobby favorable a Israel. Puede discutirse si ejerce demasiada influencia o incluso si debería estar sometida a otras obligaciones regulatorias, pero decir que la política estadounidense está “determinada por una potencia extranjera que es Israel” requiere demostrar que Israel dirige efectivamente las decisiones de AIPAC y que éste determina —no simplemente influye— la política estadounidense. El texto no demuestra esa cadena.
Aquí IHRA exige precisión. Criticar el poder de AIPAC no es antisemita. Incluso Mearsheimer y Walt han argumentado académicamente que el lobby proisraelí ejerce una influencia extraordinaria sobre la política exterior estadounidense. Pero ellos lo describen como una coalición formada tanto por judíos como por no judíos y discuten su influencia política; eso no equivale automáticamente al viejo mito de que “los judíos controlan Estados Unidos”.
Vidal cita, además, incorrectamente esa obra. Habla de “The Jewish Lobby” y dice que “se escribió creo que en los 90”. En realidad Mearsheimer y Walt publicaron el trabajo The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy en 2006 y el libro en 2007.
También exagera al presentar el dinero de AIPAC como demostración de que la política exterior estadounidense está controlada por Israel. Financiamiento electoral e influencia política pueden demostrar poder de lobby; no demuestran automáticamente subordinación o control extranjero.
Sobre Netanyahu y las redes sociales, Vidal tiene una base factual importante.
Netanyahu efectivamente reunió en Nueva York a influencers estadounidenses proisraelíes y habló de las redes sociales como un campo de batalla fundamental. También calificó la operación sobre TikTok como una adquisición que podía ser “consecuential” y dijo respecto de X que había que hablar con Elon Musk porque “es un amigo”.
Por tanto, Vidal no inventa la preocupación de Netanyahu por TikTok, X y la batalla de opinión pública.
Sin embargo, transforma eso en “van a controlar TikTok” y cuestiona que “lo controle Israel”. Netanyahu expresó claramente interés en que el cambio de propiedad de TikTok favoreciera la posición israelí en las redes, pero eso no demuestra que el Estado de Israel sea propietario o controlador jurídico de TikTok.
El bloque teológico requiere todavía más cautela desde IHRA.
Vidal sostiene que los judíos que no reconocen a Jesús han sido “cortados” del verdadero Israel y que los cristianos gentiles han sido incorporados espiritualmente al Israel de Dios. Es una interpretación cristiana supersesionista o cercana a ella, apoyada por Vidal en Romanos, Gálatas, Hechos e Isaías.
Esto no debe etiquetarse automáticamente como antisemitismo.
IHRA no establece qué interpretación de Romanos 11 es teológicamente correcta. Un cristiano puede creer que la Iglesia constituye el cumplimiento del Israel bíblico, que Jesús es el Mesías y que la salvación depende de Cristo. Puede ser una teología rechazada por el judaísmo y discutida incluso entre cristianos, pero IHRA no es un tribunal de exégesis bíblica.
Vidal incluso reconoce explícitamente que esas personas pueden seguir siendo “racialmente, nacionalmente [...] judías”. Por tanto, aquí no está afirmando exactamente que los judíos contemporáneos sean falsos judíos como sí hemos visto en otros materiales.
Otra cosa sería utilizar esa teología para negar únicamente a los judíos derechos políticos contemporáneos reconocidos a cualquier otro pueblo. Ahí podría entrar el ejemplo IHRA relativo a la autodeterminación. En este fragmento esa conexión no queda suficientemente demostrada.
El punto históricamente más problemático aparece cuando explica el origen del dispensacionalismo.
Vidal afirma que:
“el dispensacionalismo es una creación en el periodo del barroco, los siglos 16 y 17, de dos jesuitas hispanos [...] Lacunza y Rivera”.
Eso es históricamente incorrecto.
Francisco Ribera vivió entre 1537 y 1591. Manuel Lacunza nació en 1731 y murió en 1801. No pertenecieron al mismo período y mucho menos puede describirse sencillamente a ambos como los creadores del dispensacionalismo de los siglos XVI-XVII. Ribera desarrolló una interpretación futurista del Apocalipsis; Lacunza desarrolló posteriormente otras ideas milenaristas. El dispensacionalismo moderno está fundamentalmente asociado al siglo XIX y especialmente a John Nelson Darby. La Biblia Scofield, publicada originalmente en 1909, contribuyó decisivamente a popularizarlo en Estados Unidos.
También presenta como bastante segura la tesis de que Margaret MacDonald fue la primera persona en concebir una segunda venida en dos etapas y que de ella procede posteriormente Darby. Esa genealogía es discutida historiográficamente. Hay investigadores que sostienen que la influencia MacDonald-Irving-Darby no está demostrada y que Darby desarrolló sus posiciones mediante procesos teológicos propios.
Pero el pasaje más grave de todo el texto es Samuel Untermyer.
Vidal afirma:
“la mano que mece la cuna de la Biblia de Scofield es la de un judío sionista, millonario y luciferino [...] Samuel Untermeyer”.
Y continúa:
“Untermeyer [...] concibe un plan [...] si queremos llevar a EEUU hacia apoyar el sionismo tenemos que convencer a los evangélicos [...] y la Biblia de Scofield no es nada más que el vehículo para arrastrar al pueblo evangélico americano en esa dirección”.
Aquí tenemos una teoría conspirativa completa: un judío rico, sionista y supuestamente “luciferino” habría intervenido clandestinamente en la creación o promoción de una Biblia cristiana para manipular a millones de evangélicos y, mediante ellos, modificar la política estadounidense en beneficio del sionismo.
El problema es que no existe evidencia histórica sólida para esa historia.
Las investigaciones sobre el origen de esta acusación encuentran que la conexión Scofield-Untermyer aparece tardíamente, basada esencialmente en que ambos pertenecieron al Lotos Club de Nueva York. No se han encontrado cartas, contratos, registros financieros o testimonios contemporáneos que demuestren que Untermyer dirigió, financió o utilizó a Scofield para introducir el sionismo en el evangelicalismo.
Hay además un problema cronológico considerable: Scofield llevaba décadas desarrollando sus posiciones dispensacionalistas antes de que Untermyer alcanzara protagonismo destacado dentro del movimiento sionista. La Scofield Reference Bible apareció en 1909; Scofield murió en 1921, justamente cuando la actividad sionista institucional más prominente de Untermyer comenzaba a desarrollarse.
Una revisión reciente sobre esta misma controversia señala que los financiadores y colaboradores evangélicos de Scofield sí están documentados, mientras que la supuesta relación con Untermyer carece de documentación contemporánea.
Por eso, la afirmación “la mano que mece la cuna” no es historia demostrada: es una hipótesis conspirativa presentada como hecho.
Y añadir “luciferino” agrava la construcción. Vidal no se limita a decir: “Untermyer era sionista y pudo haber tenido influencia”. Lo convierte en un judío-sionista-millonario-luciferino que habría diseñado un plan encubierto para manipular el cristianismo estadounidense.
Aquí IHRA resulta directamente pertinente. La definición incluye entre sus ejemplos las acusaciones estereotipadas sobre el poder de los judíos como colectivo, especialmente mitos sobre conspiraciones judías o control de gobiernos, medios, economía y otras instituciones.
No toda teoría sobre un judío poderoso es antisemita. Si existieran documentos demostrando que Untermyer financió a Scofield para lograr ese objetivo, habría que contar la historia aunque resultara incómoda. El problema es precisamente que Vidal presenta como certeza una trama clandestina de un “judío sionista, millonario y luciferino” para manipular a los cristianos sin aportar las pruebas necesarias.
Hay otro detalle revelador: posteriormente utiliza Tel Aviv como argumento teológico contra el Israel moderno:
“la capital gay del Mediterráneo es Tel Aviv”.
Eso no es un punto IHRA. Es un argumento moral-religioso —y claramente peyorativo hacia la homosexualidad— destinado a demostrar que Israel incumple el pacto divino. Puede criticarse por otras razones, pero no lo utilizaría como evidencia de antisemitismo.
También sostiene que “prácticamente la mitad” de los muertos en Gaza son niños. Los últimos datos desglosados publicados por OCHA, basados en fallecidos identificados por el Ministerio de Salud de Gaza hasta finales de 2025, registraban 21.283 niños entre 71.444 fallecidos identificados: aproximadamente 29,8%, no “prácticamente la mitad”. La proporción es extraordinariamente grave, pero no hace falta inflarla.
Las principales falsedades o distorsiones del texto son:
“El 100% de los senadores recibió dinero de AIPAC”: afirmación controvertida/no demostrada en esos términos.
Mearsheimer escribió “The Jewish Lobby” en los años noventa: falso; Mearsheimer y Walt publicaron The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy en 2006-2007.
AIPAC es simplemente un lobby “extranjero”: jurídicamente no está establecido así; es una organización estadounidense proisraelí.
Israel va a “controlar TikTok”: Netanyahu sí manifestó gran interés estratégico en el cambio de propiedad, pero control israelí directo no está demostrado.
Dispensacionalismo creado por Ribera y Lacunza en los siglos XVI-XVII: históricamente falso.
Lacunza pertenece a los siglos XVI-XVII: falso; vivió entre los siglos XVIII-XIX.
Margaret MacDonald constituye el origen demostrado del rapto pretribulacional de Darby: tesis discutida, presentada con demasiada certeza.
Samuel Untermyer dirigió o financió la creación de la Biblia Scofield para manipular políticamente a los evangélicos: no demostrado.
Untermyer concibió un plan para convertir mediante Scofield a Estados Unidos al sionismo: teoría conspirativa sin documentación.
La mitad de los muertos de Gaza son niños: los últimos desgloses disponibles se sitúan alrededor del 30% de los identificados, no 50%.
Resumen IHRA:
La crítica a AIPAC no constituye por sí misma antisemitismo.
Cuestionar la ayuda estadounidense a Israel tampoco.
Rechazar el dispensacionalismo tampoco.
Defender una teología cristiana según la cual el verdadero Israel espiritual está formado por creyentes en Cristo no constituye automáticamente una violación IHRA.
Sí resulta relevante presentar a un “judío sionista, millonario y luciferino” como cerebro secreto de una operación destinada a manipular el cristianismo estadounidense.
Esa teoría reproduce elementos clásicos de poder judío: dinero, influencia oculta, manipulación religiosa y finalidad política.
También es potencialmente relevante presentar la política estadounidense como “determinada” por Israel a través del lobby, cuando influencia y control son conceptos diferentes.
Puede aparecer doble estándar si la influencia de AIPAC se presenta como subordinación extranjera mientras otros grandes grupos de presión son tratados simplemente como actores domésticos; esto requeriría comparación.
No aparece aquí culpabilidad colectiva explícita de todos los judíos.
No aparece negacionismo de la Shoá.
No aparece comparación Israel-nazismo.
Para un dossier IHRA, yo centraría este material en la historia Untermyer-Scofield. Es muchísimo más fuerte que discutir si la teología de Vidal sobre Romanos es antisemita.
El esquema que presenta es prácticamente de manual: un judío multimillonario y sionista, además caracterizado como “luciferino”, opera detrás de escena; manipula una Biblia cristiana; mediante ella modifica la teología de millones de evangélicos; esos evangélicos posteriormente condicionan la política estadounidense; y el resultado final es apoyo político a Israel.
Si existieran documentos, sería historia. Sin ellos, y existiendo una genealogía conocida de la acusación basada en asociaciones y especulación, estamos ante una narrativa conspirativa que reproduce varios de los elementos clásicos que IHRA identifica respecto del supuesto poder judío sobre instituciones y gobiernos.
Tipo de Reporte
IHRA 2 variables
Variables IHRA Violadas
Mitos sobre la conspiración judía mundial 1 pts
Formular acusaciones falsas, deshumanizadas o estereotipadas sobre los judíos, o sobre el poder de los judíos como colectivo, el mito sobre la conspiración judía mundial o el control judío de los medios de comunicación, la economía, el gobierno u otras instituciones de la sociedad.
Usar símbolos o imágenes de antisemitismo clásico 1 pts
Utilizar los símbolos y las imágenes asociados con el antisemitismo clásico (por ejemplo, las calumnias como el asesinato de Jesús por los judíos o los rituales sangrientos) para caracterizar a Israel o a los israelíes.
Evidencias
www.youtube.com
